28 de octubre de 2011


Sus ojos. No puedo decir que tenga unos ojos extraños, no tienen un color de los que la gente considera que son hermosos, son marrones, de un marrón tan oscuro que suelo confundirlos con negros. No tiene grandes pestañas, nada especial. Pero nada más mirarlos sabes si está contenta o si está enfadada. Cuando te recorre con la mirada puedes sentir perfectamente su amor o su desprecio. Creo que ella sería una de las únicas personas que podrían matar con la mirada si quisieran. Transmite dolor si está triste y una alegría tan inmensa que te inunda el alma cuando te mira mientras sonríe. Y yo adoro mirarla. Me pasaría toda mi vida simplemente contemplándola.
Tampoco su risa es muy especial, aunque tiene muchas diferentes. La silenciosa, muda, que sólo reconoces que está riendo por la expresión de su rostro. La educada que utiliza cuando debe reír en un ambiente con poca confianza. La de las lágrimas, en la que tapa su rostro con las manos intentando evitar ser observada. Y mi risa favorita, esa risa que tan pocas personas consiguen ver en ella. La risa más sincera que he visto nunca. Suave, simple. Y la manera en que mientras ríe acomoda su pelo detrás de su oreja, casi de forma inconsciente.


Siempre me he preguntado cómo, sin darnos cuenta, podemos recordar cada uno de los gestos de la persona a la que más amamos. Quizás no recordamos sus palabras o cuándo fue la última vez que la vimos o qué ropa llevaba, pero recordamos cada uno de los gestos que hizo, las sonrisas, las miradas.. incluso puedo recordar de qué ojo cayó su última lágrima. Es increíble.  

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